Soy heredera del huapango
de la lluvia de lagartijas.
Nací en el son del viento que llora la plata
entre empedradas y cerros.
Mi voz
falsete
guitarra barroca
sueños bordados al cuello y a los pies.
Me arrullaba el pespunteo
en noches frías que abrían conejos
Agua miel
flor de campo
nostalgias de un pastor y cantos rojos
pintados de octosílabos que hablan
de manos curtidas por el sol
polvo de minas y atlantes anónimos.
martes 10 de noviembre de 2009
jueves 17 de septiembre de 2009
La escarcha
El calor se le mete en las entrañas a tu amigo y allá van los dos, en su carro.
A Juárez.
Todavía hay luz.
Y andan los dos por esa calle amoratada.
A un lado, cuartos que contienen cuartos que contienen camas y mujeres. A veces sólo camas.
Al otro, un par de tiendas de tacones, otra de corbatas y camisas, una más de pasos y meneos de chicas de cabellos largos y piernas aguadas. Otras de telas que serán vestidos, manteles y cortinas.
Y mujeres: mujeres en puertas, en ventanas, en pasillos, en banquetas.
Mujeres.
Faldas.
Mujeres.
Y tú y tu amigo dan vueltas y más vueltas.
Aquella tiene la falda más corta.
Esa otra tiene la frente amplia.
Aquí huele a humo y a drenaje.
Acá las tienen más lindas.
Y más vueltas.
Él viene al volante; tú vas de copiloto.
Y más vueltas.
Tú no ves los lugares. Tú ves a las personas y a los cinturones y a las blusas.
Tu amigo decide.
Es mejor caminar.
A ver si encontramos algo.
Por ahí, a la derecha, hay un puesto ambulante que vende ropa hindú.
Y ustedes caminan.
Caminan.
Y caminan hasta que ven a esa chica de piernas morenas y cabello lacio y negro sentada en las escaleras de la puerta de este cuarto de cuartos.
Tu amigo pregunta qué onda.
Setenta pesos.
Pero tú sigues en las blusas, en las faldas, en los velos.
Tu amigo y la mujer suben.
Ya es de noche.
Y tú te quedas afuera, esperando.
Ha llegado la noche.
En la esquina, aparece un tipo grueso con las cejas delgadas y te mira.
Tú te percatas y entras, subes un par de escalones y te sientas en el tercer escalón.
Hay que tener cuidado.
Afuera hay tantas cosas.
Tantas.
Mas acá viene el gordo de pantalones apretados y se te acerca.
No, gracias.
Y él se va pero, pronto, regresa con otros dos tipos más.
Qué desagradable.
Te insisten.
No, gracias.
Y de otra puerta sale un señor de nariz tosca y ojos pequeños. Trae en sus manos una cartera abierta. Te pregunta si tú también vas a pasar.
No, gracias. Estoy esperando a alguien.
Y esperas.
Por fin, salen y bajan tu amigo y la chica.
Se despiden.
Él se desliza detrás de ella, extiende su mano y la lleva por las nalgas, sube la falda, va a la ingle y sus dedos se pierden.
No trae calzones.
Él le dice algo al oído.
Escaleras.
Escaleras sin barandal.
La chica se sienta en las escaleras.
Queda un poco arriba de ustedes.
No siempre voy a estar aquí. Esto es temporal. Estoy juntando dinero. Algún día saldré de aquí, conoceré a un buen hombre, nos casaremos y tendremos hijos.
Yo tendré una familia.
Y abre sus piernas y, con sus dedos, abre sus labios y les muestra: pedacitos de vidrio, brillantina azul, morada y roja que corta en sus labios, alrededor de su vulva.
En su vestíbulo.
Rojo.
Cuando tenga a mi familia voy a estar limpia.
Y se me va a quitar todo esto.
Tu amigo se queda ahí, de pie. La escucha.
Tú te adelantas por el carro, y tu amigo te sigue.
Pasan por el puesto hindú.
Ya recogen la mesa y hacen un solo bulto con la ropa y las telas.
Ya está amaneciendo.
Luego regresas por esa blusa azul.
A Juárez.
Todavía hay luz.
Y andan los dos por esa calle amoratada.
A un lado, cuartos que contienen cuartos que contienen camas y mujeres. A veces sólo camas.
Al otro, un par de tiendas de tacones, otra de corbatas y camisas, una más de pasos y meneos de chicas de cabellos largos y piernas aguadas. Otras de telas que serán vestidos, manteles y cortinas.
Y mujeres: mujeres en puertas, en ventanas, en pasillos, en banquetas.
Mujeres.
Faldas.
Mujeres.
Y tú y tu amigo dan vueltas y más vueltas.
Aquella tiene la falda más corta.
Esa otra tiene la frente amplia.
Aquí huele a humo y a drenaje.
Acá las tienen más lindas.
Y más vueltas.
Él viene al volante; tú vas de copiloto.
Y más vueltas.
Tú no ves los lugares. Tú ves a las personas y a los cinturones y a las blusas.
Tu amigo decide.
Es mejor caminar.
A ver si encontramos algo.
Por ahí, a la derecha, hay un puesto ambulante que vende ropa hindú.
Y ustedes caminan.
Caminan.
Y caminan hasta que ven a esa chica de piernas morenas y cabello lacio y negro sentada en las escaleras de la puerta de este cuarto de cuartos.
Tu amigo pregunta qué onda.
Setenta pesos.
Pero tú sigues en las blusas, en las faldas, en los velos.
Tu amigo y la mujer suben.
Ya es de noche.
Y tú te quedas afuera, esperando.
Ha llegado la noche.
En la esquina, aparece un tipo grueso con las cejas delgadas y te mira.
Tú te percatas y entras, subes un par de escalones y te sientas en el tercer escalón.
Hay que tener cuidado.
Afuera hay tantas cosas.
Tantas.
Mas acá viene el gordo de pantalones apretados y se te acerca.
No, gracias.
Y él se va pero, pronto, regresa con otros dos tipos más.
Qué desagradable.
Te insisten.
No, gracias.
Y de otra puerta sale un señor de nariz tosca y ojos pequeños. Trae en sus manos una cartera abierta. Te pregunta si tú también vas a pasar.
No, gracias. Estoy esperando a alguien.
Y esperas.
Por fin, salen y bajan tu amigo y la chica.
Se despiden.
Él se desliza detrás de ella, extiende su mano y la lleva por las nalgas, sube la falda, va a la ingle y sus dedos se pierden.
No trae calzones.
Él le dice algo al oído.
Escaleras.
Escaleras sin barandal.
La chica se sienta en las escaleras.
Queda un poco arriba de ustedes.
No siempre voy a estar aquí. Esto es temporal. Estoy juntando dinero. Algún día saldré de aquí, conoceré a un buen hombre, nos casaremos y tendremos hijos.
Yo tendré una familia.
Y abre sus piernas y, con sus dedos, abre sus labios y les muestra: pedacitos de vidrio, brillantina azul, morada y roja que corta en sus labios, alrededor de su vulva.
En su vestíbulo.
Rojo.
Cuando tenga a mi familia voy a estar limpia.
Y se me va a quitar todo esto.
Tu amigo se queda ahí, de pie. La escucha.
Tú te adelantas por el carro, y tu amigo te sigue.
Pasan por el puesto hindú.
Ya recogen la mesa y hacen un solo bulto con la ropa y las telas.
Ya está amaneciendo.
Luego regresas por esa blusa azul.
viernes 28 de agosto de 2009
El coleccionador de barcos
Voy a aprovechar este momento para decirte que me gusta el rojo.
Será que en el fondo yo también soy una carnicera.
O será porque en el fondo hay ciertas cosas que no se dicen, pero se llevan en el cinto.
En las hombreras.
Hay que tener cuidado.
Y paciencia.
También hay que tener paciencia.
Me está venciendo el sueño.
Tu madre piensa que no soy una buena influencia para ti.
Sabe de mis escándalos.
De mis excesos.
No sabe, ha escuchado.
Así son estas cosas.
Hay mucho movimiento y las olas llegarán lejos.
Ya alcanzan los quicios de las ventanas.
Y los pasos se hacen inciertos, mis botas crujen.
El adoquín de las calles ya no aguanta.
Tenemos que llegar a la proa.
Tenemos.
Y, de pronto, el agua corta la acera.
Brinca.
Hemos llegado al otro lado.
¿Te he dicho lo de tu madre?
Ah, sí, ya te lo dije.
Y me asomo en esa ventana que da a la calle y, desde dentro, una mujer envuelta en toallas me arroja un peine que se estrella contra el vidrio.
Me siento un poco apenada pero yo qué iba a saber.
La cuadra flota ya tranquila.
Parece que el peligro ha pasado.
Pero no, allá viene otra cuadra que aprovecha las olas para darnos alcance.
Su bandera se estremece por el viento.
¿Es que no hay ningún cañón en estas casas?
Y, de pronto, los agresores detienen su ataque.
Miran al cielo.
Nosotros también miramos al cielo.
Y ahí está:
Pertenecemos a un coleccionador de barcos.
Será que en el fondo yo también soy una carnicera.
O será porque en el fondo hay ciertas cosas que no se dicen, pero se llevan en el cinto.
En las hombreras.
Hay que tener cuidado.
Y paciencia.
También hay que tener paciencia.
Me está venciendo el sueño.
Tu madre piensa que no soy una buena influencia para ti.
Sabe de mis escándalos.
De mis excesos.
No sabe, ha escuchado.
Así son estas cosas.
Hay mucho movimiento y las olas llegarán lejos.
Ya alcanzan los quicios de las ventanas.
Y los pasos se hacen inciertos, mis botas crujen.
El adoquín de las calles ya no aguanta.
Tenemos que llegar a la proa.
Tenemos.
Y, de pronto, el agua corta la acera.
Brinca.
Hemos llegado al otro lado.
¿Te he dicho lo de tu madre?
Ah, sí, ya te lo dije.
Y me asomo en esa ventana que da a la calle y, desde dentro, una mujer envuelta en toallas me arroja un peine que se estrella contra el vidrio.
Me siento un poco apenada pero yo qué iba a saber.
La cuadra flota ya tranquila.
Parece que el peligro ha pasado.
Pero no, allá viene otra cuadra que aprovecha las olas para darnos alcance.
Su bandera se estremece por el viento.
¿Es que no hay ningún cañón en estas casas?
Y, de pronto, los agresores detienen su ataque.
Miran al cielo.
Nosotros también miramos al cielo.
Y ahí está:
Pertenecemos a un coleccionador de barcos.
jueves 9 de julio de 2009
Los pétalos
Los miro desde arriba.
Con mis ojos.
Tengo tantos deseos de arrancarles los brazos.
De cogerles la nariz y rasurarles.
De picarles los ombligos y colgarlos de sus techos.
De lamerles detrás de las orejas y marcar mis dientes en sus hombros.
Y me río.
Ellos saben lo que pienso y temen mi risa.
Mi carcajada.
Mi alegría.
Pero ya la tarde es una mandarina.
Y ya es hora.
Y allí voy.
Ah, si los vieras.
Si los vieras cómo se retuercen ante mis chillidos.
Cómo se sumergen en cualquier rincón en cuanto sienten el roce de mis telas en sus cuellos terrosos.
Cómo huyen de mí, de mis manos, de mi boca.
Insensatos.
De aquella casa, una señora de azul obscuro sale y se me enfrenta.
Tiene en sus manos catorce pétalos morados.
Y los arroja.
Y me alcanza.
Y me encrespo en el aire y chillo.
Y mi brazo se cubre de flores moradas que lo tragan.
Crujo, me revuelco, tallo las flores en la tierra seca.
Y allá vienen más y los esquivo.
Uno más me lanza tres pétalos naranjas a mi pierna.
Grito.
Mi pierna se cubre de flores naranjas que la engullen.
Gruño, me desgarro, tallo las flores en la tierra seca.
Y allá vienen los pétalos blancos y los rosados.
Gimo, aúllo y chillo, me erizo, me enmaraño, tallo las flores en la tierra seca.
Hasta que, entre los pobladores, me cubren de pétalos de muy variados colores y me vencen.
Caigo al suelo.
Estoy en un cuarto casi vacío que es tan obscuro.
Mi vestido está lleno de flores, y el mosquitero de la puerta me enseña una casa más allá.
Luego el desierto.
Estoy agotada.
La señora de azul y su esposo se me acercan.
No recuerdo nada.
Y me sueltan.
Tengo una margarita blanca en el cabello.
Con mis ojos.
Tengo tantos deseos de arrancarles los brazos.
De cogerles la nariz y rasurarles.
De picarles los ombligos y colgarlos de sus techos.
De lamerles detrás de las orejas y marcar mis dientes en sus hombros.
Y me río.
Ellos saben lo que pienso y temen mi risa.
Mi carcajada.
Mi alegría.
Pero ya la tarde es una mandarina.
Y ya es hora.
Y allí voy.
Ah, si los vieras.
Si los vieras cómo se retuercen ante mis chillidos.
Cómo se sumergen en cualquier rincón en cuanto sienten el roce de mis telas en sus cuellos terrosos.
Cómo huyen de mí, de mis manos, de mi boca.
Insensatos.
De aquella casa, una señora de azul obscuro sale y se me enfrenta.
Tiene en sus manos catorce pétalos morados.
Y los arroja.
Y me alcanza.
Y me encrespo en el aire y chillo.
Y mi brazo se cubre de flores moradas que lo tragan.
Crujo, me revuelco, tallo las flores en la tierra seca.
Y allá vienen más y los esquivo.
Uno más me lanza tres pétalos naranjas a mi pierna.
Grito.
Mi pierna se cubre de flores naranjas que la engullen.
Gruño, me desgarro, tallo las flores en la tierra seca.
Y allá vienen los pétalos blancos y los rosados.
Gimo, aúllo y chillo, me erizo, me enmaraño, tallo las flores en la tierra seca.
Hasta que, entre los pobladores, me cubren de pétalos de muy variados colores y me vencen.
Caigo al suelo.
Estoy en un cuarto casi vacío que es tan obscuro.
Mi vestido está lleno de flores, y el mosquitero de la puerta me enseña una casa más allá.
Luego el desierto.
Estoy agotada.
La señora de azul y su esposo se me acercan.
No recuerdo nada.
Y me sueltan.
Tengo una margarita blanca en el cabello.
miércoles 24 de junio de 2009
Anispensario
Este es un anispensario negro,
de tan enfermo,
de tan parco.
Me duele el pecho.
Uno de esos días,
uno de esos
momentos
en que se alborotan las entrañas y los gritos.
Uno de esos.
de tan enfermo,
de tan parco.
Me duele el pecho.
Uno de esos días,
uno de esos
momentos
en que se alborotan las entrañas y los gritos.
Uno de esos.
lunes 22 de junio de 2009
Se abre, en el cielo
Se abre, en el cielo,
esta ciudad que inunda,
este caminar de pasos en la orilla,
esta dádiva limpia de caramelos y arrullos.
Se abre, en el cielo,
esta ciudad que inunda,
que desquebraja, que aglutina,
que desparrama hasta el hastío del perro
que se va
a otra habitación
a mirar las aspas.
Se abre, en el aire,
esta humedad deprisa,
este anhelo brillante de moldura
que se queda en ascuas y amenaza,
rutilante,
hacia el paso de abril.
esta ciudad que inunda,
este caminar de pasos en la orilla,
esta dádiva limpia de caramelos y arrullos.
Se abre, en el cielo,
esta ciudad que inunda,
que desquebraja, que aglutina,
que desparrama hasta el hastío del perro
que se va
a otra habitación
a mirar las aspas.
Se abre, en el aire,
esta humedad deprisa,
este anhelo brillante de moldura
que se queda en ascuas y amenaza,
rutilante,
hacia el paso de abril.
Minas
No se recuerdo su nombre, ni su cara.
No recuerdo tampoco cómo llegué a esta historia.
Ella salía por las mañanas, muy temprano, y se detenía a cada momento para averiguar a qué jugaban los niños, a unirse a su juego, a preparar guisos extraños en tazas y platos diminutos y a correr y a recolectar las historias de los ancianos.
Le gustaban las arañas y las mariposas.
Y las arañas y las mariposas la encontraban bella.
Y su risa golpeteaba por las calles.
Y cada día, acudía a aquel cerro para caminar y observar a los animales y a las plantas.
A sentir al Viento.
Cerca de allí, por aquella calle, se encontraba su casa.
Y sucedió que un día, ella miró los pies rasgados de los niños. Y miró aquellos campos calvos. Y miró las pieles empedradas de los viejos. Y las casas grandes y los grandes jardines.
Y, cuando calles y magueyes se azularon, ella acudió al cerro para caminar, pero con lágrimas.
A sentir al Viento.
Y el Viento se recogió y fue hacia ella.
Y le llenó de tierra los ojos para que riera.
Y le inquietó a sus rizos para que bailara.
Se hizo pequeño el Viento, diminuto, temeroso de erizar el cuerpo de la joven.
Y llegó hasta sus ojos.
Pero ella no rió, ni bailó.
Ella seguía con lágrimas.
Y llegó la noche.
La muchacha seguía llorando y el Viento tenía que marcharse.
El Viento tuvo una idea: le pidió a la Luna que, ya que ella estaría ahí toda la noche, acompañara a la joven hasta el siguiente día.
Hasta su vuelta.
Y así sucedió.
El Viento se marchó y la Luna preguntó a la muchacha el motivo de su llanto y su tristeza.
Y la muchacha habló.
La Tierra atrajo dos lágrimas y, escudriñando la humedad de sus adentros, decidió intervenir.
Había algo que ella podía hacer para cubrirles los pies a los niños, para llenar de flores a lo campos, para mojar las grietas de los viejos.
Y allá, al fondo, las casas grandes y los grandes jardines.
Y ella se filtró a la Tierra.
Y el Sol se abrió paso entre las piedras.
Y el Viento regresó.
Pero ella ya no estaba.
Y el Viento recorrió calles y busco a la bella muchacha.
Pero ella ya no estaba.
Y el Viento giró en las calles, visitó las minas, se escurrió por San Francisco.
Y ella ya no estaba.
Y la Luna encontró al Viento arrastrándose por las calles, abrumado.
Entonces la Luna decidió contarle.
Y rugió el Viento, desposeído.
Enloqueció.
Y el Viento recorrió calles y busco a la bella muchacha, removió arbustos y copas de los árboles, arrancó faldas y quebró portones.
Y ella ya no estaba.
Y el Viento rodó en las calles, se arrastró a las minas, se arrojó a los cerros.
Y no estaba.
Y nació la plata.
Y todavía el Viento sigue buscándola.
La busca.
La busca en los pétalos de los rehiletes.
En los cabellos.
Entre las telas de las faldas.
Bajo las mesas cubiertas de manteles.
Y se recogió y va.
Y viene y va.
Y llena de tierra los ojos.
Ríe.
Baila.
Se hace pequeño el Viento, diminuto, temeroso de erizar los cuerpos.
Y se introduce por las aberturas de las ventanas que hay en las casas.
Revuela los papeles y las cartas.
Y ruge.
Y golpetea por los barrios altos.
Y, a veces, apenas si mueve las cosas.
Y gime.
Hasta que, cansado, después de días, lo vence el sueño.
Pero sufre de insomnio, el pobre.
El que ya no recuerda su nombre ni su cara.
El que ya no recuerda tampoco cómo llegó a esta historia.
El que salía por las mañanas, muy temprano, y se detenía a cada momento para averiguar a qué jugaban los niños, a unirse a su juego, a revolver guisos extraños en tazas y platos diminutos.
A correr y a recolectar las historias de los ancianos.
No recuerdo tampoco cómo llegué a esta historia.
Ella salía por las mañanas, muy temprano, y se detenía a cada momento para averiguar a qué jugaban los niños, a unirse a su juego, a preparar guisos extraños en tazas y platos diminutos y a correr y a recolectar las historias de los ancianos.
Le gustaban las arañas y las mariposas.
Y las arañas y las mariposas la encontraban bella.
Y su risa golpeteaba por las calles.
Y cada día, acudía a aquel cerro para caminar y observar a los animales y a las plantas.
A sentir al Viento.
Cerca de allí, por aquella calle, se encontraba su casa.
Y sucedió que un día, ella miró los pies rasgados de los niños. Y miró aquellos campos calvos. Y miró las pieles empedradas de los viejos. Y las casas grandes y los grandes jardines.
Y, cuando calles y magueyes se azularon, ella acudió al cerro para caminar, pero con lágrimas.
A sentir al Viento.
Y el Viento se recogió y fue hacia ella.
Y le llenó de tierra los ojos para que riera.
Y le inquietó a sus rizos para que bailara.
Se hizo pequeño el Viento, diminuto, temeroso de erizar el cuerpo de la joven.
Y llegó hasta sus ojos.
Pero ella no rió, ni bailó.
Ella seguía con lágrimas.
Y llegó la noche.
La muchacha seguía llorando y el Viento tenía que marcharse.
El Viento tuvo una idea: le pidió a la Luna que, ya que ella estaría ahí toda la noche, acompañara a la joven hasta el siguiente día.
Hasta su vuelta.
Y así sucedió.
El Viento se marchó y la Luna preguntó a la muchacha el motivo de su llanto y su tristeza.
Y la muchacha habló.
La Tierra atrajo dos lágrimas y, escudriñando la humedad de sus adentros, decidió intervenir.
Había algo que ella podía hacer para cubrirles los pies a los niños, para llenar de flores a lo campos, para mojar las grietas de los viejos.
Y allá, al fondo, las casas grandes y los grandes jardines.
Y ella se filtró a la Tierra.
Y el Sol se abrió paso entre las piedras.
Y el Viento regresó.
Pero ella ya no estaba.
Y el Viento recorrió calles y busco a la bella muchacha.
Pero ella ya no estaba.
Y el Viento giró en las calles, visitó las minas, se escurrió por San Francisco.
Y ella ya no estaba.
Y la Luna encontró al Viento arrastrándose por las calles, abrumado.
Entonces la Luna decidió contarle.
Y rugió el Viento, desposeído.
Enloqueció.
Y el Viento recorrió calles y busco a la bella muchacha, removió arbustos y copas de los árboles, arrancó faldas y quebró portones.
Y ella ya no estaba.
Y el Viento rodó en las calles, se arrastró a las minas, se arrojó a los cerros.
Y no estaba.
Y nació la plata.
Y todavía el Viento sigue buscándola.
La busca.
La busca en los pétalos de los rehiletes.
En los cabellos.
Entre las telas de las faldas.
Bajo las mesas cubiertas de manteles.
Y se recogió y va.
Y viene y va.
Y llena de tierra los ojos.
Ríe.
Baila.
Se hace pequeño el Viento, diminuto, temeroso de erizar los cuerpos.
Y se introduce por las aberturas de las ventanas que hay en las casas.
Revuela los papeles y las cartas.
Y ruge.
Y golpetea por los barrios altos.
Y, a veces, apenas si mueve las cosas.
Y gime.
Hasta que, cansado, después de días, lo vence el sueño.
Pero sufre de insomnio, el pobre.
El que ya no recuerda su nombre ni su cara.
El que ya no recuerda tampoco cómo llegó a esta historia.
El que salía por las mañanas, muy temprano, y se detenía a cada momento para averiguar a qué jugaban los niños, a unirse a su juego, a revolver guisos extraños en tazas y platos diminutos.
A correr y a recolectar las historias de los ancianos.
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